Hay una forma muy común de pensar sobre el éxito que probablemente has utilizado alguna vez sin darte cuenta: primero necesito tener algo, entonces podré hacer ciertas cosas y, finalmente, podré ser de determinada manera.
Cuando tenga más dinero, podré relajarme. Cuando consiga ese trabajo, me sentiré exitoso. Cuando mi negocio funcione, tendré confianza. Cuando encuentre una pareja, me sentiré querido. Cuando tenga más tiempo, empezaré a cuidar mi salud.
La lógica parece razonable. Sin embargo, tiene un problema: coloca nuestro estado interno al final de la ecuación y lo hace depender permanentemente de las circunstancias externas.
El concepto de Ser, Hacer, Tener propone invertir ese orden. En lugar de esperar que aquello que obtenemos determine quiénes somos, comenzamos preguntándonos quién necesitamos ser, dejamos que ese estado influya en lo que decidimos hacer y permitimos que nuestras acciones construyan aquello que queremos tener.
No significa que desear resultados materiales sea incorrecto ni que baste con “sentirse bien” para conseguir cualquier cosa. Significa entender que nuestras acciones no ocurren en el vacío. Están condicionadas por nuestra manera de interpretar lo que sucede, por las emociones que estamos experimentando y por las ideas que tenemos acerca de nosotros mismos.
Por eso, dos personas pueden realizar aparentemente la misma acción y estar construyendo resultados completamente diferentes.
Tener: cuando esperamos que algo externo cambie nuestro estado interno
El primer nivel es el más fácil de reconocer porque está relacionado con lo que queremos conseguir: dinero, reconocimiento, una casa, un determinado cargo profesional, una relación, clientes, estabilidad o cualquier otro resultado externo.
Querer esas cosas no representa un problema. Tener objetivos nos ayuda a orientarnos y puede convertirse en un poderoso motor de crecimiento. La dificultad aparece cuando asociamos aquello que queremos conseguir con la autorización para finalmente sentirnos de determinada manera.
Pensamos, por ejemplo, que cuando tengamos suficiente dinero podremos sentir tranquilidad. Sin embargo, alguien que vive desde el miedo constante a perder puede aumentar sus ingresos considerablemente y continuar experimentando exactamente la misma inseguridad.
Algo similar ocurre con la validación. Una persona puede pensar que necesita determinado reconocimiento para sentirse valiosa y, cuando finalmente lo recibe, descubrir que poco después necesita una nueva evidencia externa que confirme otra vez su valor.
En esos casos, estamos intentando solucionar una experiencia interna exclusivamente mediante resultados externos.
El “tener” pasa entonces de ser un objetivo a convertirse en una condición:
“No puedo estar bien hasta que esto suceda”.
Cuando vivimos constantemente desde ese lugar, nuestro bienestar queda condicionado por elementos que no siempre podemos controlar.
Hacer: asumir responsabilidad, pero sin caer en la trampa de hacer por hacer
Una evolución natural consiste en dejar de esperar que las cosas simplemente sucedan y asumir responsabilidad sobre aquello que podemos hacer para producir un resultado.
Si quiero mejorar profesionalmente, necesito aprender. Si quiero construir un negocio, necesito vender, comunicar, administrar y tomar decisiones. Si quiero fortalecer una relación, necesitaré conversar, escuchar y modificar determinados comportamientos.
El hacer es indispensable.
El problema surge cuando concluimos que, si los resultados todavía no aparecen, la única respuesta posible es hacer más.
Trabajar más horas, comenzar otro proyecto, añadir otra estrategia, consumir otro curso, revisar constantemente nuestros números, intentar controlar cada variable o llenar cada espacio de nuestra agenda puede producir una sensación momentánea de progreso. Sin embargo, actividad y progreso no siempre son sinónimos.
Aquí aparece una de las ideas importantes trabajadas en las sesiones de la comunidad de Entender La Vida: antes de aumentar la cantidad de acciones, conviene observar desde qué estado interno estamos actuando.
Imagina a un emprendedor preocupado porque las ventas de su negocio han disminuido. Desde la ansiedad podría cambiar sus precios impulsivamente, lanzar cinco promociones a la vez, escribir desesperadamente a antiguos clientes y modificar toda su estrategia en una semana. Desde un estado más tranquilo podría analizar los datos, conversar con algunos clientes, identificar el verdadero problema y realizar uno o dos cambios concretos.
En ambos casos está “haciendo”, pero la calidad de las decisiones es muy distinta.
Por eso, en determinadas situaciones, avanzar no significa necesariamente hacer más. Puede significar reducir la actividad reactiva para aumentar la acción consciente.
Ser: el estado desde el cual interpretamos y actuamos
Llegamos entonces al tercer elemento.
El ser se refiere a aquello desde lo que estamos experimentando la vida: nuestra identidad, nuestros valores, nuestra manera de percibir una situación y el estado emocional desde el cual respondemos a ella.
Una forma sencilla de comprenderlo es cambiar la pregunta.
En lugar de preguntarnos únicamente:
“¿Qué tengo que hacer para conseguir esto?”
podemos añadir:
“¿Quién estoy siendo mientras intento conseguirlo?”
Podemos estar actuando desde el miedo, la vergüenza, la necesidad de aprobación, el resentimiento o la desesperación. También podemos actuar desde la aceptación, la curiosidad, el coraje, la responsabilidad o la tranquilidad.
Esto importa porque nuestro estado interno modifica aquello que somos capaces de ver.
Una persona dominada por el miedo tiende a prestar más atención a las amenazas. Alguien dominado por la vergüenza puede concentrarse en todo aquello que confirma la idea de que existe algo defectuoso en sí mismo. Cuando estamos atrapados en la culpa, podemos interpretar los acontecimientos desde la necesidad de castigarnos o reparar constantemente el pasado.
Cuando existe mayor tranquilidad, en cambio, suele haber también mayor capacidad para analizar opciones, observar matices y responder en lugar de reaccionar automáticamente.
Eso es parte de lo que significa comenzar por el ser.
No se trata de afirmar frente al espejo que ya somos exitosos y esperar que la realidad cambie. Se trata de reconocer que el estado desde el cual actuamos influye en las acciones que somos capaces de tomar.
Nuestro estado emocional afecta nuestras decisiones
David R. Hawkins propuso una escala de conciencia que organiza distintos estados emocionales y mentales, desde experiencias asociadas con la vergüenza, la culpa o el miedo hasta otras relacionadas con el coraje, la aceptación, el amor y la paz.
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Más que tomar esta escala como una medición científica exacta o como una forma rígida de clasificar a las personas, puede resultar útil como un marco de autoobservación para reconocer cómo nuestro estado interno influye en la manera en que interpretamos una situación, tomamos decisiones y respondemos a lo que ocurre a nuestro alrededor.
Pensemos, por ejemplo, en la vergüenza.
Cuando una persona siente una vergüenza profunda puede aparecer el deseo de ocultarse, evitar ser vista o impedir que otros descubran algo sobre ella. Esa emoción puede estar acompañada por pensamientos de autodesprecio y por comportamientos de aislamiento o inacción.
Lo interesante es que probablemente esa persona no diga conscientemente: “No voy a aprovechar esta oportunidad porque estoy operando desde la vergüenza”. Lo que puede decirse es algo como: “Todavía no estoy preparado”, “mejor espero”, “seguro que a nadie le interesa lo que tengo que decir” o “hay gente mucho más capacitada que yo”.
La emoción termina expresándose a través de una explicación aparentemente racional.
La culpa puede producir otro patrón. Si estamos constantemente arrepentidos por algo que hicimos, podríamos sentir que debemos compensarlo, castigarnos o demostrar permanentemente que somos buenas personas. Esa experiencia interna puede influir en nuestros límites, nuestras relaciones e incluso nuestras decisiones profesionales.
En estados asociados con una mayor aceptación, por otra parte, aumenta la posibilidad de observar la realidad como es en lugar de invertir toda nuestra energía en resistirla. Y cuando aparece el razonamiento, podemos analizar, investigar, cuestionar y comprender mejor una situación.
La enseñanza práctica es sencilla: no todas las decisiones que creemos racionales nacen únicamente de la razón. Muchas están influenciadas por emociones que todavía no hemos reconocido.
El “release”: sentir antes de reaccionar
Aquí entra una de las prácticas que se trabaja con frecuencia en Entender La Vida: el release o proceso de dejar ir.
Nuestra reacción habitual frente a una emoción incómoda suele ser evitarla, explicarla, distraernos o intentar eliminarla inmediatamente. Si sentimos miedo, buscamos argumentos que demuestren que no deberíamos sentirlo. Si sentimos vergüenza, escondemos aquello que la activa. Si sentimos rabia, podemos construir mentalmente una larga explicación sobre por qué otra persona tiene la culpa.
El release propone algo diferente: permitirnos experimentar por un momento la emoción sin alimentar inmediatamente toda la narrativa que existe alrededor de ella.
En términos prácticos, esto significa llevar primero la atención al cuerpo.
¿Dónde estoy sintiendo esta emoción? ¿Hay presión en el pecho? ¿Tensión en el estómago? ¿Calor? ¿Rigidez en los hombros? ¿Inquietud?
En lugar de intentar resolver inmediatamente el problema desde la mente, podemos permitir que esa sensación esté presente y observarla sin pelear con ella.
Esto no significa ignorar las circunstancias ni sustituye la búsqueda de ayuda profesional cuando una experiencia lo requiere. La utilidad de la práctica está en crear un espacio entre lo que sentimos y lo que hacemos después.
Ese pequeño espacio puede cambiar radicalmente una decisión.
Un ejemplo: la diferencia entre actuar desde el miedo y actuar desde el ser
Supongamos que quieres lanzar un nuevo servicio y llevas semanas posponiéndolo.
Desde el nivel del tener, podrías pensar:
“Cuando tenga una página perfecta, más seguidores y mejores testimonios, finalmente podré sentirme preparado”.
Desde el hacer, podrías reaccionar creando una lista interminable de tareas: rehacer el sitio web, estudiar tres cursos, diseñar veinte publicaciones, contratar nuevas herramientas y pasar semanas perfeccionando cada detalle.
Desde el ser, la pregunta cambia:
“¿Qué está sucediendo dentro de mí que hace que necesite sentirme completamente preparado antes de mostrar esto?”
Quizás descubras miedo al rechazo. O vergüenza ante la posibilidad de equivocarte públicamente. O una necesidad de controlar el resultado antes de empezar.
Trabajar con esa emoción no elimina la necesidad de preparar una buena oferta. Lo que hace es permitirte distinguir entre las acciones que realmente necesita el proyecto y aquellas que estás utilizando para evitar sentir incomodidad.
Después del proceso, quizás llegues a una conclusión mucho más simple: necesitas terminar una página básica, hablar con cinco clientes potenciales y lanzar.
Eso sigue siendo “hacer”, pero ahora el hacer está al servicio del ser y no de la evasión.
No somos iguales en todas las áreas de nuestra vida
Otro punto importante es que estos estados no necesariamente se expresan de la misma manera en todas las áreas.
Una persona puede tener una extraordinaria capacidad para resolver problemas profesionales y, al mismo tiempo, experimentar mucho miedo en sus relaciones. Puede ser disciplinada con su entrenamiento físico pero sentirse completamente paralizada cuando piensa en sus finanzas.
Esto es importante porque evita una visión rígida del crecimiento personal. No existe necesariamente una clasificación única que pueda describir completamente “el nivel” de una persona.
Somos seres mucho más variables.
Y esa variabilidad contiene una oportunidad: podemos transferir recursos de un área de nuestra vida a otra.
Si eres muy bueno gestionando crisis en el trabajo, pregúntate qué haces allí cuando surge un problema. Tal vez separas los hechos de las interpretaciones, analizas las alternativas, buscas información y evitas tomar decisiones impulsivas.
¿Podrías aplicar exactamente ese mismo proceso a una dificultad económica?
Si eres muy disciplinado haciendo ejercicio, analiza qué estructura te permite mantener esa constancia. ¿Puedes llevar parte de esa estructura a un proyecto profesional que llevas meses postergando?
A veces pensamos que tenemos que convertirnos en alguien completamente nuevo cuando, en realidad, ya poseemos las herramientas que necesitamos. Solo las estamos utilizando en otro contexto.
El coraje no consiste en esperar a que desaparezca el miedo
Existe otro error frecuente cuando hablamos de “ser”: pensar que primero debemos llegar a un estado interno perfecto y solamente después actuar.
Eso puede convertirse fácilmente en una nueva forma de postergar.
No necesitas eliminar cada inseguridad para comenzar. De hecho, una parte importante del crecimiento ocurre precisamente cuando actuamos a pesar de la incomodidad.
Aquí el coraje cumple una función fundamental. El coraje no significa no sentir miedo; significa reconocerlo sin entregarle automáticamente el control de nuestras decisiones.
Puede existir miedo y, aun así, enviar la propuesta.
Puede existir inseguridad y, aun así, iniciar la conversación.
Puede aparecer vergüenza y, aun así, compartir una idea.
El trabajo interior no busca convertirnos en personas que nunca experimentan emociones incómodas. Busca aumentar nuestra capacidad para sentirlas sin que cada una determine lo que somos capaces de hacer.
Cómo aplicar el modelo Ser, Hacer, Tener a un objetivo concreto
Podemos convertir todo este concepto en un ejercicio muy práctico.
Supongamos que tienes un objetivo importante. Puede ser profesional, económico, físico, familiar o personal.
1. Empieza por el Tener
Escribe con claridad qué quieres conseguir.
No tengas miedo de ser específico. El propósito no es renunciar al resultado, sino utilizarlo como punto de partida para conocerte mejor.
2. Pregúntate qué crees que sentirías si ya lo tuvieras
Esta pregunta es fundamental.
Si consiguieras ese resultado, ¿qué cambiaría dentro de ti?
¿Sentirías seguridad? ¿Libertad? ¿Confianza? ¿Paz? ¿Orgullo? ¿Pertenencia?
Muchas veces descubrimos que detrás del objetivo material existe un estado que realmente estamos buscando.
3. Observa qué te impide experimentar parte de ese estado hoy
Aquí pueden aparecer las emociones y creencias que condicionan tu comportamiento.
Tal vez necesitas reconocimiento para sentirte suficiente. Quizás asocias el dinero con seguridad porque existe mucho miedo a perder. O necesitas que todo sea perfecto porque te cuesta tolerar la vergüenza que podría generar un error.
No necesitas resolverlo de inmediato. Primero necesitas identificarlo.
4. Define quién quieres ser frente a esta situación
Quizás quieres ser una persona que actúa con coraje, que mantiene la calma bajo presión, que cumple su palabra, que pone límites, que aprende de sus errores o que trata a los demás con respeto.
Este es el Ser.
5. Decide qué haría esa persona
Ahora pasamos al Hacer.
¿Qué acción concreta sería coherente con esa forma de ser?
Es importante mantener esta pregunta aterrizada. No necesitas diseñar veinte acciones para demostrar que estás comprometido. En ocasiones, una sola acción clara es mucho más poderosa que una semana de actividad ansiosa.
6. Ejecuta y observa
Después de actuar, mira qué ocurrió y qué apareció emocionalmente. Esta información vuelve a alimentar el proceso.
Ser, Hacer y Tener no es una línea que recorremos una sola vez. Es un ciclo de conciencia, acción, observación y aprendizaje.
No olvides mirar hacia atrás
Uno de los grandes desafíos del crecimiento personal es que nos acostumbramos rápidamente a nuestras propias mejoras.
Aquello que hace un año representaba un problema enorme puede convertirse en algo cotidiano, y entonces nuestra atención se mueve inmediatamente hacia el siguiente desafío. Como seguimos encontrando dificultades, concluimos que no hemos avanzado.
Por eso, recomendamos registrar nuestros wins, es decir, las pequeñas y grandes victorias que demuestran nuestro recorrido.
No tienes que esperar un acontecimiento extraordinario.
Tal vez antes tardabas tres días en recuperarte emocionalmente de una discusión y ahora tardas una hora. Quizás dijiste que no en una situación en la que antes habrías aceptado por miedo a decepcionar. Puede que hayas tomado una decisión que llevabas meses evitando.
Esos cambios importan porque el crecimiento interior no siempre se refleja inmediatamente en un resultado externo espectacular.
A veces el primer cambio ocurre en nuestra capacidad para responder de otra manera.
Ser primero no significa dejar de hacer
Es importante cerrar con esta distinción porque el concepto puede malinterpretarse.
Ser, Hacer, Tener no propone sustituir la acción por pensamiento positivo.
No significa que basta con considerarte emprendedor para construir un negocio, sentirte saludable para mejorar tu condición física o imaginar abundancia para resolver un problema financiero.
La propuesta es mucho más práctica: reconocer que la acción se vuelve más efectiva cuando comprendemos el estado desde el cual estamos ejecutándola.
Si constantemente actuamos desde el miedo, quizás terminemos creando estrategias destinadas principalmente a evitar perder. Si actuamos desde la vergüenza, podríamos escondernos precisamente cuando necesitamos hacernos visibles. Si reaccionamos desde culpa, podemos tomar decisiones destinadas a castigarnos en lugar de resolver el problema.
Por eso el trabajo comienza por observar.
¿Qué quiero tener? ¿Quién creo que sería si lo consiguiera? ¿Qué estoy sintiendo ahora? ¿Desde qué lugar estoy actuando? ¿Quién quiero ser frente a esta situación? ¿Qué acción sería coherente con esa persona?
Ese es el cambio de dirección.
No esperar a que la vida exterior nos conceda permiso para convertirnos en alguien diferente, sino trabajar desde dentro para que nuestras acciones empiecen a representar a la persona que queremos ser.
Y entonces, poco a poco, permitir que aquello que hacemos produzca también resultados diferentes.
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Juan Sanoja es emprendedor, profesor universitario y coach especializado en liderazgo y niveles de conciencia. Cofundador de Entender La Vida y la Agencia Pencil Speech, ha acompañado a CEOs, emprendedores y profesionales a mejorar su calidad de vida.
Con una trayectoria académica sólida —incluyendo premios al mérito estudiantil (UCV) y a la excelencia docente (UCAB)— Juan combina el rigor académico con la práctica empresarial. Su enfoque integra herramientas de desarrollo personal, espiritualidad y negocios, brindando una perspectiva única para quienes buscan éxito con propósito.
Apasionado por la investigación y la enseñanza, comparte sus aprendizajes a través de programas, artículos y contenidos educativos, donde su misión es clara: ayudar a las personas a expandir su conciencia para vivir con mayor claridad, libertad y plenitud.